jueves, 25 de diciembre de 2014

TERCERA ESTROFA

EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS

Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía haver avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de Jacob Marley.

Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrefia el nuevo espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.

Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama. Sin atteverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.

Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuando la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores.

Cinco minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama, que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fantasmas porque él era incapaz de adivinar su significación y su propósito.

En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el momento culminante de un interesante caso de combustión espontána, sin tener el consuelo de saberlo.

Sin embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde parecía resplandecer.

Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas hasta la puerta.

En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge obedeció.

Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente.

El techo y las paredes estaban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas chispeantes.

Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás.

En el suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pemiles, lechones, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó la puerta y miró de hito en hito.

«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!» Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó encontrarse con aquella mirada.

«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el espíritu. «¡Mírame!» Scrooge lo hizoreverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro, ribeteado con piel blanca.

Esta prenda le quedaba muy holgada, dejan-do al descubierto su ancho pecho como si desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillantes carámbanos. Sus bucles, de color castaño oscuro, eran largos y caían libremente,m libres como su rostro cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo. Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la antigua funda estaba herrumbrosa.

«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. «Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que
no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»

«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.

El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.

«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lección que ahora estoy aprovechando.

Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.

Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras, pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamente.

También desapareció la habitación, el fuego, el rojizo resplandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de Navidad.

El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable, al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales.

En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de veces en las intersecciones de las grandes atterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el espeso lodo amarillo y agua helada.

El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín; parecía que todas las chimeneas de Gran Bretaña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el aire más límpido del verano.

La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo que muchos comentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias.

Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia.

Había rojizas cebollas de España, de rostro moreno y amplio contorno, de gordura reluciente como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado.

Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides.

 Había racimos de uvas colgando de ganchos conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también había pilas de avellanas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evocaba los paseos por los bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta entre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucediendo
y daban vueltas y más vueltas en su pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos!

A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los huecos!

Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aromas del té y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar, hacían sentir desvanecimientos, y despué una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos.

Los higos estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los comestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corriendo a recogerla, cometiendo cientos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos corazones con que ataban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y para ser picoteados por cuervos navideños si así lo refiriesen.

Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión.

Y al mismo tiempo, desde muchas callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que era
una vergüenza disputar en el día de Navidad.

¡Y era muy cierto! Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.

«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.

«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto.
Pero más para una cena pobre». «¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».

«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para disfrutar inocentemente».

«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..

«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Señor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».

« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.

«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a nosotros».

Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad. Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vestíbulo.

Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la

Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones!
La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos.

Mientras tanto, el señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la festividad del día), encantado de encontrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.

«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»

«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.

«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal y el sombrerito con celo oficioso.

«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta ma-ñana despacharlo, madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego paraentrar en calor, cariño».

«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo.

«¡Escóndete, Martha, escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim.

¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas enfundadas en armazones de hierro.

«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.

«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?» Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de Tiny Tim y le arrastraron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido en el barreño.

«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y, muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.

«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».

La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía
tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo fuerte y sano. Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa muletita contra el suelo y Tiny Tim regresó escoltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob, recogiendo las mangas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raí- das- preparó un brebaje caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina.

El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto en animada procesión.

Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar;y en realidad, en aquella casa era algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de antemano en una pequeña salsera) casi hirviente; el señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana; Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse.

Por fin se trajeron las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó débilmente:

«¡Hurra!»

Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía creer que se hubiera cocinado jamás una oca como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración.

Acompañada por la salsa de manzana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuente, ¡no se la habían acabado!

El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.

¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.

¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y omado de acebo en la parte superior.

Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían
algo que decir sobre el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan grande; hacerlo hubiera sido como una blasfemia.

Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.

Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa manzanas y naranjas y se metió al fuego una paletada de castañas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit llamaba «círculo» queriendo indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la familia: dos vasos y un recipiente para natillas, in mango, que sirvieron para el líquido caliente de la jarra tan bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las castañas en el fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente.

Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos.
¡Que Dios nos bendiga!

Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en su pequeño escabel.

Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.

«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá». «Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada.

Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá».

«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población».

Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió abrumado por el arrepentimiento y la pena.

«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso.

¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre.

¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»

Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la levantó rápidamente al escuchar su nombre.

«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.

«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí. Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».

«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».

«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!

«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob. «Bebo a su salud porque tú me lo piedes y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»

Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad.
Tiny Tim bebió el último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la familia.

La sola mención de su nombre arrojó sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge.

Bob Cratchit les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de Peter convertido en hombre de negocios; el propio Peter miraba pensativa mente al fuego entre sus cuellos como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso tan apabullante.


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