domingo, 22 de febrero de 2015

MARTÍN RIVAS - Alberto Blest Gana - Cap 7

7

Al concluir esta lectura, Emilio Mendoza dirigió una lánguida mirada a Leonor, como diciéndole: "Usted es la diosa de mi inspiración".
-Y ¿en cuánto tiempo ha hecho usted estos versos? -le dijo doña Francisca.
-Esta mañana los he concluido contestó Mendoza, con afectada modestia, cuidándose muy bien de decir que sólo había tenido el trabajo de copiarlos de una composición del poeta español Campoamor, entonces poco conocido en Chile.
-Aquí hay algo en prosa dijo doña Francisca: "La humanidad camina hacia el progreso, girando en un círculo que se llama amor y que tiene por centro el ángel que apellidan mujer." -¡Qué lindo pensamiento! -dijo con aire vaporoso doña Francisca.
-Sí, para el que lo entienda -replicó Clemente Valencia.
Continuó por algún tiempo doña Francisca hojeando el libro en cuyas páginas, llenas de frases vacías o de estrofas que concluían pidiendo un poco de amor a la dueña del álbum, ella se detenía con entusiasmo.
-Si dejan a mi tía con el libro, es capaz de trasnochar -dijo Agustín a su amigo Valencia. Don Fidel dio la señal de retirada, tomando su sombrero.
-¿Sabes que Dámaso me ha dado a entender que le gustaría que su hijo se aficionase a Matilde? -dijo a dona Francisca, cuando estuvieron en la calle-.
Agustín es un magnífico partido.
-Es un muchacho tan insignificante contestó doña Francisca, recordando la poca afición de su sobrino a la poesía.
-¿Cómo? Insignificante, y su padre tiene cerca de un millón de pesos -replicó con calor el marido. Doña Francisca no contestó a la positivista opinión de su esposo.
-Un casamiento entre Matilde y Agustín sería para nosotros una gran felicidad -prosiguió don Fidel-.
Figúrate, hija, que el año entrante termina el arriendo que tengo de "El Roble", y que su dueño no quiere prorrogarme este arriendo. -Hasta ahora, la tal hacienda de "El Roble" no te ha dado mucho dijo doña Francisca.
-Esta no es la cuestión -replicó don Fidel-; yo me pongo en el caso de que termine el arriendo. Casando a Matilde con Agustín, además que aseguramos la suerte de nuestra hija, Dámaso no me negará su fianza, como ya lo ha hecho, para cualquier negocio.
-En fin, tú sabrás lo que haces -contestó con enfado la señora, indignada del prosaico cálculo de su marido. Lo restante del camino lo hicieron en silencio hasta llegar a la casa que habitaban. Volveremos nosotros a don Dámaso y a su familia, que quedaron solos en el salón.
-Y nuestro alojado, ¿qué se habrá hecho? -preguntó el caballero. Un criado, a quien se llamó para hacer esta pregunta, contestó que no había llegado aún.
-No será mucho que se haya perdido dijo don Dámaso.
-¡En Santiago! -exclamó Agustín con admiración-, en París sí que es fácil egerarse. -He pensado dijo don Dámaso a su mujer- que Martín puede servirme mucho, porque necesito una persona que lleve mis libros.
-Parece un buen jovencito y me gusta, porque no fuma -respondió doña Engracia.
Martín, en efecto, había dicho que no fumaba, cuando, después de comer, don Dámaso le ofreció un cigarro en un rapto de republicanismo.
Mas, al despedirse, sus amigos le dejaban medio curado ya de sus impulsos igualitarios con la noticia de que un ministro se había ocupado de él para encomendarle una comisión.
"Después de todo -pensaba al acostarse don Dámaso-, ¡estos liberales son tan exagerados!" 

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