sábado, 11 de junio de 2016

HILLARY CLINTON

Hillary Rodham Clinton nació en Chicago en 1947 y se convirtió en la primera mujer que ocupa cada vez un asiento de cargo público.

El marido de Hillary, Bill Clinton fue el 42º Presidente de los Estados Unidos y se mantiene el término de 1993 a 2001.

Abogada y política estadounidense, esposa del ex - presidente demócrata Bill Clinton (1993 - 2001) y secretaria de Estado en la administración de Barack Obama. Hija de Hugh y Dorothy Rodham, cursó su educación primaria y secundaria en el Wellesley Collage de su ciudad natal, donde destacó tanto por su excelente historial académico como por su participación en la representación del alumnado.

Tras finalizar su educación secundaria ingresó en 1969 en la Universidad de Yale (New Haven, Connecticut), donde se matriculó en Derecho. De aquella época, en la que volvió a destacar por la dirección de una de las revistas de la universidad, data su primer encuentro con su futuro esposo, Bill Clinton. Una vez graduada como doctora en Derecho (1974), comenzó a trabajar en Cambridge para la Children's Defense Fund. Desde entonces dedicó gran parte de su actividad a labores de apoyo y mejora de la calidad de vida de la infancia. Al mismo tiempo ingresó en el consejo directivo de la compañía de distribución Wal-Mart, cuyas responsabilidades compaginó con otras actividades empresariales.

En 1975 contrajo matrimonio con Bill Clinton. Su única hija, Chelsea, nació en 1980. Poco tiempo después el matrimonio se trasladó al estado de Arkansas, donde comenzó a fraguarse la carrera política de su esposo. Allí Hillary impartió clases de derecho en la universidad estatal. En 1978 Bill Clinton fue elegido gobernador de Arkansas, y su consorte, convertida en primera dama del estado, fue designada por el entonces presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, como miembro de la Legal Service Corporation, organismo no lucrativo creado por el Congreso estadounidense para asegurar el acceso de todos los ciudadanos a la asistencia legal.

La brillante carrera de Hillary Clinton no pasó desapercibida para algunos medios, que la incluyeron entre los cien abogados más influyentes del país en los años 1975, 1979, 1988 y 1991. En esta etapa como primera dama de Arkansas combinó sus actividades laborales con el apoyo a distintas organizaciones relacionadas con la infancia: fue presidenta del Comité Educativo de Arkansas, participó en labores asistenciales en el Arkansas Children´s Hospital y cofundó un servicio público de asistencia legal para familias y niños.

En la campaña para las elecciones presidenciales del 3 de noviembre de 1992, que llevarían al candidato demócrata Bill Clinton a la Casa Blanca, Hillary Clinton hubo de jugar un importante papel. Durante esa campaña, Hillary hizo frente a las afirmaciones de la ex-cantante de cabaret Jennifer Flowers, que aseguró haber mantenido relaciones con Bill Clinton durante doce años. Hillary manifestó: "No estoy aquí como la pobre mujercita que viene a salvar a su marido. Estoy aquí porque lo quiero, lo respeto por lo que ha pasado y por lo que hemos pasado juntos... Si eso no es suficiente para la gente, pues que no le voten". Con esta declaración se ganó la simpatía de muchas mujeres americanas. De hecho, uno los reclamos electorales era "Votad al marido de Hillary".

La victoria de su marido y del grupo demócrata la convirtió en la primera dama de Estados Unidos. El 20 de enero de 1993, tras la fiesta por la toma de posesión de Bill Clinton como 42º Presidente de los Estados Unidos, la familia Clinton trasladó su residencia a la Casa Blanca. Hillary representó desde el principio al sector más avanzado de las norteamericanas y rompió con el arquetipo tradicional. 

Sobre el protagonismo de las mujeres en la vida pública aseguró que había nacido "un nuevo orden mundial en la relación entre los sexos". Mujer de carácter, que no sabe permanecer quieta ni tolera intromisiones en su vida privada, tuvo algunos enfrentamientos con periodistas. Por todo ello fue criticada por quienes defendían un papel más tradicional para la primera dama.

Después de jurar su cargo, el presidente Clinton la eligió para dirigir una comisión especial sobre la reforma de la sanidad, el sector más innovador del programa presidencial durante su primer año en el cargo. En septiembre de 1994, un año después de que la comisión especial hubiera presentado su informe, y después de que varios comités del Congreso propusieran planes alternativos, se anunció que no podía acordarse ninguna propuesta sobre sanidad, y el informe se archivó. Tras este importante revés, Hillary Clinton decidió ocupar un papel sin trascendencia pública.

El 6 de noviembre de 1996 fue reelegido Bill Clinton como presidente de Estados Unidos, frente al republicano Bob Dole. Hillary aprendió a mirar a su marido de una forma embelesada en cada discurso y ofreció una imagen sumisa para acercarse más a lo que en Estados Unidos se entiende por primera dama. Pero entonces estalló el llamado caso Lewinski, un escándalo sexual que puso en riesgo la segunda presidencia de su marido.

Hillary tuvo que enfrentarse a uno de los peores momentos de su vida pública y privada: las acusaciones contra su marido de perjurio y obstrucción a la justicia tras haber ocultado su relación adúltera con una becaria de la Casa Blanca. En una primera comparecencia ante el Congreso, el presidente de los Estados Unidos negó cualquier tipo de relación con la joven becaria, en un intento de salvar su matrimonio y no enturbiar una imagen pública positiva. Finalmente, y ante el Gran Jurado, Bill Clinton reconoció su relación, acorralado por las numerosas pruebas.

Este hecho convirtió a su marido en el segundo presidente de la historia de Estados Unidos que se enfrentaba a un proceso de destitución, del que finalmente salió airoso. A Hillary no le faltaron las señales de apoyo y solidaridad de gran parte de la sociedad e incluso de numerosas mujeres, líderes de opinión, de otros países. Lejos de amedrentarse, la primera dama saltó a la primera línea de defensa de su marido, al que acompañó en todo momento durante la votación del Senado sobre su destitución.


En 2000 fue elegida senadora por el estado de Nueva York, cargo para el cual volvió a ser votada en 2006. Luchadora infatigable y ambiciosa, a inicios de 2007 hizo pública su intención de presentarse a la nominación demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Tras unas intensas elecciones primarias en el seno del Partido Demócrata, en junio de 2008 decidió retirar su candidatura a la presidencia, después de que su contrincante, Barack Obama, consiguiera la mayoría de votos necesaria para la nominación. Tras ganar las elecciones de 2008, Barack Obama la eligió para desempeñar el cargo de secretaria de Estado.

 Hillary Clinton ganó un asiento en el Senado en 2001, y más tarde se desempeñó como Secretario de Estado de Estados Unidos en 2009. La posición de Hillary como el secretario de estado terminó en 2013

En 2015 anunció sus planes de postularse para la Presidencia de 2016. Como del 30 de marzo de 2016; Hillary ha ganado 1.712 delegados en las primarias presidenciales. 

Hillary Clinton hizo historia al convertirse en la primera mujer en alcanzar el número de delegados necesario para obtener una nominación presidencial en Estados Unidos. Ya cuenta con el respaldo del presidente Obama y ahora se enfocará en la elección general.

Barack Obama
Quizá no sea tan buena oradora como Barack Obama ni tenga el mismo estilo político de su esposo. Pero es evidente que la fortaleza de acero que mostró Clinton en esta campaña ha inspirado a las mujeres mayores, a los electores de raza negra y a muchos otros que en cierta medida ven en su perseverancia refleja sus propias luchas. Además el tesón de Clinton, su tenacidad, firmeza y capacidad de resistir y sobreponerse a la adversidad bien podrían ser las cualidades necesarias para vencer a Donald Trump.

En sus distintas capacidades de esposa, primera dama, senadora y secretaria de Estado, además de candidata a la presidencia en dos ocasiones, Clinton, de 68 años, ha experimentado cambios profundos y ha redefinido el papel de la mujer en la política estadounidense. Ha sorprendido a la nación una y otra vez, tanto con escándalos punzantes como con sus triunfos.

“Apareció en la escena pública como alguien un poco diferente”, afirmó Ann Lewis, su asesora desde hace mucho tiempo. “Inspiró al mismo tiempo fascinación, devoción y ataques, y hasta la fecha no han cesado los ataques partidistas”.

“Incluso cuando era primera dama, con frecuencia se escuchaba el comentario: ‘¿Quién se cree que es?’”, señaló Melanne Verveer, amiga cercana de Clinton y su jefa de gabinete en la Casa Blanca.

En su discurso de victoria el martes por la noche, Clinton dijo que la mayor influencia de su vida había sido su madre, quien le enseñó a nunca dejarse amedrentar por personas que quisieran molestarla “y ese consejo ha sido muy bueno”.

Con ese mismo coraje, Clinton se levantó después de la dolorosa derrota que le propinó Obama en 2008 y le dijo a un grupo de seguidoras que lloraban la derrota, hace exactamente ocho años, que habían hecho 18 millones de grietas en “el techo de cristal más alto y resistente”.

Durante 14 años sin parar, y 20 años en total, Clinton ha resultado electa la mujer más admirada entre los estadounidenses, según un sondeo que se realiza anualmente. Pero, últimamente, ha debido pagar el precio por su campaña, así como por la controversia que se desató por su uso de un servidor de correos privado cuando era secretaria de Estado: sus cifras de aceptación y confianza se han desplomado.

Además, se le ha vuelto a caricaturizar como una política de carrera falsa y calculadora: Lady Macbeth, ahora en su propia obra de teatro.

Su longevidad y fama son otros activos que se han visto afectados: el equipaje que trae por ser una demócrata consumada con acceso a información privilegiada, dio un tinte negativo a las enormes cantidades que recibió por dar discursos en bancos de Wall Street, situación que ha pesado sobre Clinton en un ciclo de elecciones en que los outsiders, como Bernie Sanders y Donald Trump, han tenido el viento a su favor.

La carrera de Clinton de ninguna manera ha seguido un rumbo predecible. Alcanzó la mayoría de edad en el movimiento feminista de la década de 1960 en Wellesley College, donde promovió entre sus pares el rechazo a los cambios graduales para trabajar “por hacer posible lo imposible”. Pero entonces se fue al sur para acompañar a su esposo a perseguir sus ambiciones. Fue una de las principales estrategas de campaña de Bill y supervisó un proyecto fallido sobre servicios de salud, al mismo tiempo que mantuvo firme su matrimonio en medio de problemas como escándalos sexuales y un juicio político.


Si bien pareció encarnar contradicciones, también fue el reflejo de una sociedad en la cual las expectativas de las mujeres, y las expectativas que las mismas mujeres tenían de sí mismas, cambiaron con rapidez.

Siempre ha sido difícil analizar las opiniones sobre Clinton y, en general, sobre las mujeres poderosas.

Roy M. Neel, quien llevó la campaña de Al Gore cuando fue candidato a la vicepresidencia en 1992, manifestó en un relato verbal sobre los años de Bill Clinton que las mujeres del sur en particular sentían rechazo hacia Hillary Clinton, la primera madre trabajadora que se convirtió en primera dama y en la única hasta ahora en tener una oficina en el Ala Oeste, porque “parecía ser una especie de afrenta al sentido de su propia existencia”.

Las viejas antipatías hacia Hillary Clinton pueden explicarse en cierta medida por la dificultad con que los estadounidenses se ajustaron a los cambiantes roles del hombre y la mujer en el hogar, en el trabajo y en la política. Pero su historia de lucha política también ha dejado cicatrices que, en parte, definen qué tipo de candidata es: conoce bien las realidades de Washington, pero es precavida y cautelosa.

Su larga contienda con Sanders, cuya campaña pocos esperaban que sobreviviera los primeros enfrentamientos para la nominación, dejó al descubierto el costo de esa cautela, tanto en la forma como en el fondo.

Es evidente que los impulsos desenfrenados de Trump y el idealismo descarado de Sanders atraían a los electores, pero Clinton ha mostrado poco de ambos.

“No se trata de unas elecciones cautelosas en que el tono va subiendo a cierto ritmo, así que ser precavida no le ha ayudado”, opinó Anna Greenberg, una encuestadora demócrata.

“Ambas primarias revelaron mucho enojo, frustración y rechazo”, añadió. “Se ha visto obligada a hacer ajustes, y tendrá que seguir haciéndolos”.

Durante 14 meses, la campaña de Clinton ha estado fuera de sintonía con los electores más jóvenes y con otros sectores de un electorado fastidiado que exige más que la competencia y el trabajo duro que ella ha prometido.

Su falta de conexión con esos electores puede ser una señal preocupante.

Mientras su esposo pudo recurrir a la filosofía de centro de Tercera Vía de los demócratas en 1992, cuando dedicó su candidatura a la “clase media olvidada”, Clinton ha tenido problemas para comunicar una idea sencilla y clara que sirva de estandarte para su campaña. Por otro lado, aunque sus posiciones y propuestas políticas fueron las más detalladas de la competencia, para muchos electores sus verdaderas preocupaciones todavía son un misterio.

Clinton ha elogiado los logros de Obama a lo largo de sus ocho años en la presidencia, y ganó cerca del 77 por ciento del voto entre la población de raza negra en los enfrentamientos del 10 de mayo, según algunas encuestas preliminares. Pero también prometió más apoyo —que el de Obama— a las medidas para conceder la ciudadanía a inmigrantes indocumentados, se expresó en contra de la firma del Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), y acabó con los planes del presidente para derrotar al Estado Islámico al promover una zona libre de aeronaves en Siria.

Ha alabado las acciones económicas que impulsó su esposo cuando estuvo en la presidencia e incluso ofreció darle el encargo de revivir algunas de las regiones más golpeadas. Pero también ha tenido que repudiar áreas vitales del legado de su esposo.

Tampoco ha ayudado que su campaña cambiara de eslogan en eslogan (seis en total), desde “Los estadounidenses de todos los días”, “Pelea por nosotros” y “Rompiendo barreras”, hasta el más reciente: “Juntos somos más fuertes”, en respuesta a las declaraciones de Trump con respecto a los mexicanos, musulmanes y otros grupos.

Donald Trump./ Hillary Clinton
Mientras que Sanders demonizó a Wall Street, Trump atacó a los inmigrantes y ambos juraron revertir los males económicos, Clinton se mantuvo en la esfera de las cuestiones prácticas, una táctica que puede ser peligrosa.

La promesa más aventurada que ha hecho es que no hará demasiadas promesas. “No necesitamos más de eso”, dijo a los electores.

Pero la gran disposición que ha demostrado para escuchar los problemas de las personas y encontrarles soluciones ha servido para compensar su falta de brío retórico. Derramó lágrimas durante sus conversaciones con un hombre cuya madre padecía alzhéimer y una mujer que había perdido un hijo en un accidente relacionado con armas.

También ha exhibido una vulnerabilidad que no reveló en 2008, cuando se presentó en campaña como una candidata con la fuerza necesaria para ser comandante en jefe, pues quería neutralizar cualquier duda sobre su fortaleza para ocupar el despacho oval.

“No soy un político natural, en caso de que no lo hayan notado, como mi esposo o el presidente Obama”, aseveró Clinton en uno de sus debates con Sanders, en una declaración que mostró honestidad total.

Para sus seguidores, es probable que aplique cierto tipo de extraña lógica. De alguna forma, dicen, se espera que Clinton proyecte la determinación de un comandante en jefe, el carisma del amigo con quien sales a beber, y la calidez de tu tía favorita.

“Debes ser sensible y sonreír, pero también tener una piel gruesa como la de un elefante”, expresó la periodista Tina Brown. “¿Qué opción tomar?”.

Se trata de una combinación imposible, e incluso si lograra todo eso, sin duda a alguien se le ocurriría otra cualidad vital ausente en Clinton, porque todavía no existe un modelo que se asocie con la mujer que ocupe la presidencia de Estados Unidos.

“Hay muchísima indecisión entre la gente porque no saben cómo sentirse ante la posibilidad del liderazgo femenino; la gente en realidad está en conflicto”, subrayó la senadora Kirsten Gillibrand, demócrata de Nueva York. “La ambigüedad en torno a Hillary no tiene nada que ver con ella. Se origina en las mismas perspectivas de la gente”.

Por supuesto, ya llegará el momento en que cambien las actitudes hacia el liderazgo femenino. En una conversación con algunos periodistas el lunes, unas horas antes de que se diera a conocer que había logrado la nominación, Clinton vislumbró un tiempo, después de noviembre, en que las candidatas a la presidencia no requieran tantos años de permanencia para tener una oportunidad de llegar a la Casa Blanca.

“En su mayoría son mujeres y niñas, pero no se trata de una audiencia exclusiva; hay varones que traen a sus hijas a conocerme y me dicen que me apoyan por sus hijas”, enfatizó. “Estoy convencida de que el hecho de que un padre o una madre vean a su hija a los ojos de la misma forma que ven a un hijo varón y le digan: ‘Puedes ser lo que quieras ser en este país, hasta presidente de Estados Unidos’, marcará una enorme diferencia”.



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