jueves, 18 de diciembre de 2014

EL VIOLÍN ROJO - Película

Desde hace ya algún tiempo en los círculos en que me muevo había oído excelentes críticas de “El Violín Rojo”, película de 1998, dirigida por François Girard y protagonizada por Samuel L. Jackson, entre otros. 

Críticas de cinéfilos

Se trata de una película con una cuidada fotografía (en tonos pardos y rojizos, como corresponde al título) y una excelente composición musical.

Rodada en cinco países, en sus respectivos idiomas) y épocas en que se desarrolla la acción quedan reducidos a meros tópicos (la miseria en los monasterios post-medievales, el lujo inmoral de los nobles victorianos, el sectarismo de la Revolución Cultural maoísta y la unidimensionalidad economicista de la época actual).

Análisis de los componentes simbólicos.

La película se compone de cinco historias diferentes cuyo nexo de unión es un violín rojo, que Girard y McKellard (los dos guionistas) convierten en una metáfora de las pasiones.

El filme consiste en un breve muestrario de pasiones, tan breve como que, ateniéndonos a la pasión pura, solo presenta dos de ellas; sin embargo, una pasión pura, sin su objeto, es una pasión vacía, de ahí que al considerar los diversos objetos de las pasiones, éstas no sólo se multiplican, sino que alcanzan un significado más rico.

Las pasiones puras que se tratan en la película son el amor y el deseo, cuyo color tradicionalmente ha sido el rojo, que es el color de la sangre, el humor del cual se suponía que brotaban estas pasiones.

En algún momento aparecen otras pasiones como el dolor, el odio o la alegría, pero son más bien adornos de la trama, no son tratadas en extenso.

Cada historia, a pesar de ser distinta a las demás no puede, sin embargo, ir en el lugar de otra, es decir, no puede alterarse el orden de las historias, aunque pueda alterarse la forma en que son contadas, como muy bien hace Girard: en vez de contarlo todo de un modo secuencial, juega con flashbacks constantes a la primera y a la última historia, de manera que se mantiene la tensión hasta el final, tanto la intriga sobre el origen como sobre el desenlace.

No puede alterarse el orden de las historias porque, de algún modo, ese orden refleja el movimiento declinante de toda pasión.
 
Argumento de la obra:

Dolor y locura.

    La historia del violín comienza en el siglo XVII en la provincia de Cremona, al norte de Italia.

El luthier Niccolo Bussotti está construyendo su obra maestra, el violín perfecto, al tiempo que espera un hijo de su amada esposa, quizá incluso sea el regalo de nacimiento para el niño.

Anna, la fiel esposa, sin embargo tiene dudas acerca de su gestación, acerca del parto, y por ello consulta a Cesca una bruja echadora del Tarot.

Anna escoge cinco cartas, las sitúa sobre la mesa boca abajo y Cesca las va descubriendo (en la película la interpretación de cada carta es la introducción de la siguiente historia).

La primera carta habla del dolor, pero de un modo tan ambiguo que no se sabe quién lo va a experimentar, si la madre o el hijo. Anna conmina a Cesca para que especifique, quiere saber el destino de su hijo, pero ésta le responde que su sangre es la misma y no puede verlos por separado.

El mayor dolor, no obstante, resulta ser el de Niccolo, pues Anna y el niño terminan muriendo en el parto. Es en esta primera historia donde se nos habla de la pasión en su más alto grado: el amor por una mujer, cuya pérdida causa un tremendo dolor, un dolor tan grande que vuelve loco a Bussotti.

Aunque en la película sólo se descubre al final, pese a que ya viene siendo sospechado por el espectador, el color rojo del violín es el color de la sangre: Niccolo se lleva el cadáver aún caliente de su esposa al taller, construye una brocha con los cabellos de ella, confecciona un barniz con su sangre y tiñe de rojo la madera de su último violín, su obra maestra.

¿Con el fin de que ella perviva en su obra? Quizá.

Pero Bussotti no es un brujo, Bussotti no sabe lo que hace, está fuera de sí, ha perdido la razón. 
La mitología griega siempre nos ha hablado del castigo reservado para aquellos que abandonan la mesura: el héroe trágico, el héroe que desafía a los dioses más allá de lo razonable, termina muriendo o volviéndose loco (lo cual podría considerarse como otro tipo de muerte); esto mismo le ocurre al hombre cuando se abandona a las pasiones de un modo desmesurado, muere o enloquece.


Comienzo del viaje

La segunda carta habla de un largo viaje. 
Se trata, aunque sin ritos, de un ejemplo de magia contaminante, según la ley del contacto, por la cual un objeto que haya estado en contacto con una persona pasa a formar parte de esa persona, de modo que lo que sufra el objeto lo sufrirá su anterior poseedor.

Y ello sería así porque el alma de la persona permanece en el objeto, de forma que hace de nexo causal.

El otro tipo básico de magia, siguiendo a Frazer, sería la homeopática que, según la ley de la semejanza, puede ejercer acción a distancia a través de cosas iguales o parecidas; por ejemplo, el uso mágico que poseían las pinturas rupestres, que pretendían favorecer la caza.

Aunque lo cierto es que pocas veces los ritos mágicos se muestran tan puros, pues suelen contener elementos de ambas modalidades; por ejemplo, el rito a través del cual se tortura a una persona a través de un muñeco con forma humana, sería un ejemplo de magia homeopática, sin embargo, dicho rito necesita de un objeto que haya estado en contacto con la persona (magia contaminante).
Mas si pasa esto con cualquier objeto, si parte del alma se transfiere al objeto, qué no iba a pasar con la mismísima sangre. Y si el cuerpo está muerto... ¿No sería presumible que toda el alma viajase con su sangre? De este modo, con el sangriento barniz, el alma de Anna pasa al violín.

No obstante, el verdadero viaje comenzará ahora, con la salida de Cremona y su llegada a un monasterio de huérfanos en Viena donde permanece cien años, pasando de mano en mano hasta que caen en las de Kaspar Weiss, un niño prodigio que será descubierto por Poussin, un caza talentos de la época.
Sin embargo, la relación que tiene Kaspar con su Violín Rojo no es normal, pues llega a dormir con él e, incluso, cuando le prohíben metérselo en la cama, cae enfermo.

Kaspar es un niño huérfano, así que no es descabellado pensar (bueno, en mi caso es descabellado pensar cualquier cosa) que la relación con el violín es la relación con la madre que nunca tuvo. Y, por supuesto, Kaspar es el hijo que Anna no llegó a tener.

¿Es esta pasión el amor de un niño por su madre? No. Esa sería una pasión de color blanco, pura.

Ésta, en cambio, es de color rojo. Se trata, más bien, de una pasión edípica (toda la película está cargada de tintes freudianos).

Cuando Kaspar toca el violín se oye la respiración de una Anna que goza. Es por lo tanto, también, una pasión desmesurada y como tal conllevará su castigo.
Kaspar es trasladado a la corte para una prueba ante el príncipe. Pero éste, antes de escuchar una sola nota, se prenda del violín y le ofrece a Poussin una fuerte suma de dinero. Kaspar, ante la posibilidad inminente de su pérdida, cae fulminado de un ataque al corazón.

Justo castigo. Poussin, no obstante, no logrará hacerse con el violín, pues los monjes deciden enterrarlo junto con Kaspar.

La lujuria y el Diablo

El monasterio es destruido y las tumbas saqueadas, profanación que será el preludio de la siguiente historia, pues la tercera carta habla de una lujuriosa relación con el Diablo.

El violín pasa a manos de unos gitanos errantes que lo pasean por medio mundo (las imágenes se aceleran al ritmo vertiginoso de la música del violín), hasta caer en la Inglaterra del siglo XIX.

Los gitanos llegan a los dominios de Frederick Pope un excéntrico aristócrata, compositor, intérprete y fumador de opio. Pope les permite quedarse en sus tierras a cambio de la compra del violín, el cual ha oído tocar a una guapa gitana.

Entre las excentricidades de Pope está la de tocar y componer mientras mantiene relaciones sexuales con sus amantes. Sus composiciones poseen una extraña fuerza, son casi estridentes, pero resultan altamente eróticas.

Nuevamente se oye la respiración de Anna, casi sus jadeos, cuando es, no ya acariciada por el arco de Pope (como hiciera Kaspar), sino arañada, azotada, penetrada, por él. Anna ha sido seducida por un auténtico diablo y le brinda sus mejores notas.
Pope mantiene una doble relación: por un lado con el violín (Anna), por otro con la escritora Victoria Byrd, pero sus encuentros sexuales son auténticas orgías a tres bandas.

Esta lujuria, este deseo puramente carnal, es también una pasión desmedida, una ofensa a los dioses, a la razón, y Pope pagará por ello con la muerte: Victoria ha de marcharse a Rusia, pero aunque se mandan cartas la pasión de Pope por ella se enfría y decide montarse las orgías con otra mujer.

En una de ellas Victoria llega por sorpresa y, presa del odio (pasión no desarrollada en la película), dispara sobre el violín. Pope comprende que ha perdido a los dos, entra en un estado de nostalgia agravada por su adicción al opio y termina suicidándose. 

Hay que tener en cuenta que el violín como metáfora de la mujer (toda mujer, no solo Anna) no es algo novedoso de esta película, sino algo que se encuentra en la cultura occidental, aunque no sólo es el violín, sino casi todos los instrumentos de cuerda o, al menos los que poseen cierta forma que recuerda la espalda, cintura y caderas de una mujer, como la guitarra, la viola, el chelo... 

El juicio

La cuarta carta del Tarot habla a Anna sobre su participación en un juicio.

Tras la muerte de Pope, el violín es recogido por el asistente chino que le ayuda a “colocarse” y viaja con él de regreso a su tierra natal donde se lo vende al dueño de un bazar. Allí permanecerá varios años hasta que una señora lo compra para su hija Xiang.

Xiang crece, suponemos que muy apegada al violín, y la acción se sitúa en la China de la Revolución Cultural, años 60, donde el rojo abunda.

Los Guardias Rojos han detenido a Chou, un profesor de música, acusado de enseñar a sus alumnos música occidental, música decadente. Se celebra un juicio sumario y Xiang sale en su defensa; como castigo a Chou se le ordena quemar públicamente su violín (que, evidentemente, no es el nuestro).

Podría pensarse que Xiang, imbuida con la fuerza que le proporciona su violín, sale en defensa de Chou y que éste es el juicio al que se refiere Cesca en la interpretación del Tarot; de este modo se mantendría la continuidad en la feminidad de la metáfora, aunque ahora transformada en metonimia (el alma de Anna que pasaría a Xiang por el contacto físico que durante años han mantenido; parecido a lo de la magia contaminante).

Pero entonces se rompería el paralelismo con las otras historias, ya que la pasión de Xiang no es tan fuerte como para morir o volverse loca al separarse de Anna. El auténtico amante es Chou, que arrostra el patíbulo o la cárcel por no dar su brazo a torcer, por no renegar de la música clásica frente a la música popular china.

Este es el auténtico juicio, la lucha que se desata en el interior de estos dos personajes, Xiang y Chou, la pasión por la música frente a lo absurdo de la Revolución Cultural.

Se trata de una lucha de ideas, una elección: música clásica occidental frente a los contenidos revolucionarios.
Por un lado nos encontramos con un cambio de registro, una contraposición entre ésta y las tres historias anteriores, la contraposición entre el cuerpo y la idea (la mente quizá).

El violín pasa de ser símbolo metafórico de la mujer a símbolo metonímico de la música, con lo cual la película pierde fuerza dramática, pues el espectador siente que el violín ha perdido personalidad, ahora es símbolo de una idea, no de un cuerpo viviente.

En este sentido, esta transformación podría reflejar la evolución de la pasión con el paso del tiempo, pues se hace más calmada, pierde fuerza, declina.
Pero por otro lado la música es algo que se siente (igual que se siente el cuerpo del amante) y mucha gente experimenta auténtica pasión por ella.

En este sentido sí existe cierta continuidad o paralelismo con las otras historias. El juicio, la elección, se resuelve de modo distinto en cada personaje: Xiang pertenece a la Guardia Roja y abandona la música por la Revolución, Chou mantiene su pasión y se queda con el violín que le entrega Xiang, pese a los peligros que ello conlleva.

Chou acaba muriendo, suicidándose quizá, por no poder dar rienda suelta a su pasión, por no poder expresarse. Sin embargo, nada tiene que ver el Violín Rojo en ello: Chou muere entre cientos de instrumentos musicales atesorados, rescatados de las fauces del fuego; entre ellos el rojo es uno más.

Los mayores peligros y el fin del viaje.

Ya en los años 90 el comunismo chino ha empezado a vislumbrar los beneficios del mercado: si hay que deshacerse de unos instrumentos musicales, ¿por qué no venderlos en lugar de quemarlos? Así aparece en escena Morritz (Samuel L. Jackson), un tasador de instrumentos e historiador al servicio de una casa de subastas canadiense.

Morritz lleva años siguiendo la pista del Violín Rojo, que para él se ha convertido en una obsesión (su habitación llena de documentos históricos lo atestigua), una auténtica pasión.

Sin embargo, ya no se trata de la pasión por una persona o por una idea, ni por las sensaciones que produce la música, se trata de un objeto, aunque no de un objeto cualquiera, sino uno cargado con un peso histórico importante.

El espectador vuelve a notar un nuevo descenso en la carga emocional de la historia, salvo por breves destellos, cuyo contraste consigue incluso sacarnos alguna lagrimilla. La pasión inicial de Bussotti se va extinguiendo.

Morritz fue cautivado por la historia del Violín, una historia cuya totalidad probablemente sólo él conozca, ya que, aunque en la subasta se encuentran prácticamente todos los herederos de los poseedores del Violín a través de los siglos, la impresión es que ellos sólo conocen la parte que les incumbe (al margen, claro está, de que se trata del último violín construido por Bussotti, lo cual sabe todo el mundo), pues el Violín siempre permaneció en el anonimato.

Sin embargo, sólo Morritz queda cautivado por las notas que le extrae un famoso y seboso violinista, sólo Morritz sufre cuando el técnico de sonido fuerza la caja de resonancia, sólo Morritz conoce el secreto del barniz, sólo él tiene el derecho de poseerlo, sólo su deseo merece ser satisfecho.

En esta historia, al margen de la intriga sobre quién se quedará con el Violín (por otro lado bastante mala), lo importante son las contraposiciones entre los diferentes valores subjetivos que puede tener un objeto, los diferentes fetichismos:

a) el técnico de sonido queda maravillado con sus características sonoras, le gustaría desarmarlo para ver exactamente cómo está hecho; de todos los participantes en la historia es el más estúpido, pues para él no tiene ningún valor al margen de la pura objetividad, ningún sentido, ninguna sensación, no vacila en hacer sufrir a Anna, pues simplemente no siente.

b) el inmenso violinista está preso del fetichismo de la firma: quiere poseer el último Bussotti, sin embargo tampoco siente, lo comprobamos cuando, para comprar un violín fuera de la subasta, hace la prueba ante Morritz, éste queda maravillado (al tiempo que desolado pues imagina que acaba de perder el objeto de su deseo), el otro lo considera un simple violín. Sin embargo, acabará llevándoselo en la subasta.

c) los diferentes herederos están presos del fetichismo que supone el haber pertenecido a un antepasado suyo, cada uno de ellos tiene más derecho a poseerlo que ninguno de los dos anteriores.

d) pero es Morritz preso del fetichismo histórico, quien más tiempo ha mantenido un contacto espiritual con él, un contacto a distancia, sólo él conoce su secreto y sólo el lo siente de verdad.


No obstante, su pasión, a pesar de ser desmesurada, pues le lleva a cometer el robo del violín, a dar el cambiazo en plena subasta (si la película es fantástica, este es el punto culminante), no conlleva un castigo, como en los casos anteriores, pero esto se debe a que la película ha de acabar bien, perfectamente podrían haberle pillado y enchironado.

Pero entonces, el violín saldría del anonimato, y “eso no es”. Sin embargo, hay un elemento que invita a reflexionar: una vez conseguido el objeto de su deseo, conseguido el grial de su larga búsqueda, se pregunta “¿y ahora qué?”, ¿lo mete en una urna para contemplarlo? Morritz no sabe tocar. Decide entonces regalárselo a su hija.

La quinta carta, la muerte cabeza abajo, hablaba del final del viaje, un final feliz tras pasar grandes peligros. Por fin Anna podrá descansar y tendrá un hijo a quien amar.

1 comentario:

  1. Muy buen análisis, me hiciste ver cosas que no había percibido
    Gracias.

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