domingo, 22 de febrero de 2015

MARTÍN RIVAS - Alberto Blest Gana - Cap 8

8




Desde el día siguiente principió Martín sus tareas con el empeño del joven que vive convencido de que el estudio es la única base de un porvenir feliz cuando la suerte le ha negado la riqueza.
El pobre y anticuado traje provinciano llamó desde el primer día la atención de sus condiscípulos, la mayor parte jóvenes elegantes que llegaban a la clase con los recuerdos de un baile de la víspera o de las emociones de una visita mucho más frescos en la memoria que los preceptos de las Siete Partidas o del Prontuario de los Juicios.
Martín se encontró por esta causa aislado de todos. Entre nuestra juventud, el hombre que no principia a mostrar su superioridad por la elegancia del traje, tiene que luchar con mucha indiferencia, y acaso con un poco de desprecio, antes de conquistarse las simpatías de los demás.
Todos miraron a Rivas como a un pobre diablo que no merecía más atención que su raída catadura, y se guardaron muy bien de tenderle una mano amiga.
Martín conoció lo que podría muy propiamente llamarse el orgullo de la ropa, y se mantuvo digno en su aislamiento, sin más satisfacción que la de manifestar sus buenas aptitudes para el estudio cada vez que la ocasión se le presentaba. Una circunstancia había llamado su atención, y era la ausencia de un individuo a quien los demás nombraban con frecuencia.
-¿Rafael San Luis no ha venido? -oía preguntar casi todos los días. 18 Y sobre la respuesta negativa, oía también variados comentarios sobre la ausencia del que llevaba aquel nombre, y que, a juzgar por la insistencia con que se recordaba, debía ejercer cierta superioridad entre los otros que así se ocupaban de él.
Dos meses después de su incorporación a la clase, notó Martín la presencia de un alumno a quien todos saludaban cordialmente, dándole el nombre que había oído ya. Era un joven de veintitrés o veinticuatro años, de pálido semblante y de facciones de una finura casi femenil, que ponían en relieve la fina curva de un bigote negro y lustroso.
Una abundante cabellera, dividida en la mitad de la frente, realzaba la majestad de ésta y dejaba caer, tras dos pequeñas y rosadas orejas, sus hebras negras y relucientes. Sus ojos, sin ser grandes, parecían brillar con los destellos de una inteligencia poderosa y con el fuego de un corazón elevado y varonil.
Esta expresión enérgica de su mirada cuadraba muy bien con las elegantes proporciones de un cuerpo de regular estatura y de simétricas y bien proporcionadas formas. Al principio de la clase, Rivas fijó con interés su vista en aquel joven, hasta que éste habló a un compañero después de mirarle.
En ese momento, el profesor pidió a Martín su opinión sobre un cuestión jurídica que se debatía, y después de darla recibió una contestación destemplada del alumno a quien acababa de corregir. Martín replicó con energía y altivez, dejando la razón de su parte, lo que hizo enrojecer de despecho a su adversario.
Entre el joven que había llamado la atención de Martín y el que estaba a su lado había mediado la siguiente conversación: -¿Quién es ése? -preguntó Rafael, al ver la atención con que le observaba Rivas.
-Es un recién incorporado -contestó el compañero-.
Por la traza parece provinciano y pobre.
No conoce a nadie y sólo habla en clase cuando le preguntan algo. No parece nada tonto. Rafael observó a Rivas durante algunos instantes y pareció tomar interés en la cuestión que éste debatía con su adversario.
Al salir de clase, el que había manifestado su despecho al verse vencido por Martín se le acercó con ademán arrogante: -Bien está que usted corrija -le dijo, mirándolo con orgullo; pero no vuelva a emplear el tono que ha usado hoy.
-No sufriré la arrogancia de nadie y responderé siempre en el tono que usen conmigo -dijo Martín-, y ya que usted se ha dirigido a mí -añadió-, le advertiré que aquí sólo admito lecciones de mi profesor, únicamente en lo que concierne al estudio.
-Tiene razón este caballero exclamó Rafael San Luis, adelantándose-; tú, Miguel, has contestado al señor con aspereza, cuando él sólo cumplía con su obligación corrigiéndote. Además, el señor está recién llegado y le debemos a lo menos las consideraciones de la hospitalidad. La discusión terminó con estas palabras, que el joven San Luis había pronunciado sin afectación ni dogmatismo.
Martín se acercó a él con aire tímido. Creo que debo dar a usted las gracias por lo que acaba de decir en favor mío -le dijo-, y le ruego las acepte con la sinceridad con que se las ofrezco. -Así lo hago -le contestó Rafael, tendiéndole la mano con franca cordialidad.
-Y ya que usted se ha dignado hablar en mi favor -continuó Rivas-, le suplico que cuando pueda me guíe con sus consejos. Hace muy poco tiempo que habito en Santiago e ignoro las costumbres de aquí. -Por lo que acabo de ver -contestó Rafael-, usted poco necesita de consejos.
Lo que predomina en Santiago es el orgullo, y usted parece tener la suficiente energía para ponerlo a raya. Ya que hablamos sobre esto, le confesaré a usted que intercedí hace poco en su favor, porque me dijeron que era pobre y no conocía a ninguno de nuestros condiscípulos.
Aquí la gente se paga mucho de las exterioridades, cosa con la cual no convengo. La pobreza y el aislamiento de usted me han inspirado simpatía, por ciertas razones que nada tienen que ver con este asunto. -Me felicito por tales simpatías dijo Martín-, y me alegraré mucho si usted me permite cultivar su amistad.
-Tendrá usted un triste amigo -replicó San Luis con una sonrisa melancólica-; pero no me falta cierta experiencia que acaso pueda aprovecharle. En fin, eso lo dirá el tiempo; hasta mañana.
Con estas palabras se despidió dejando una extraña impresión en el ánimo de Martín Rivas, que se quedó pensativo, mirándole alejarse. Había, en verdad, cierto aire de misterio en torno de aquel joven, cuya poética belleza llamaba la atención a primera vista.
Martín observó con curiosidad sus maneras, en las que resaltaba la dignidad en medio de la sencillez, y la vaga melancolía de su voz le inspiró al instante una poderosa simpatía.
Llamó la atención de Rivas el traje de Rafael, en el que parecían reinar el capricho y un absoluto desprecio a la moda que uniformaba a casi todos los otros alumnos de la clase.
Su cuello vuelto contrastaba con la rigidez de los que llevaban los demás, y su corbata negra, anudada con descuido, dejaba ver una garganta, cuyos suaves alineamientos traían a la memoria la que los escultores han dado al busto de Byron.
Martín vio, además, en las últimas palabras de aquel joven, una ligera analogía con su situación, complaciéndose en aumentarla con la idea de que sería como él un hijo desheredado de la fortuna.
Este pensamiento le hizo acercarse a Rafael al día siguiente y reanudar con él la conversación interrumpida el anterior.
-Cuando usted quiera -le dijo San Luis-, véngase a comer conmigo a un hotel de pobre apariencia que suelo frecuentar, y allí conversaremos más amigablemente. ¿Dónde vive usted? -En casa de don Dámaso Encina.
-¡En casa de don Dámaso! -exclamó con admiración-; ¿es usted su pariente? -No; he traído un carta de mi padre para él, y me ha hospedado en su casa.
¿Usted le conoce? -Algo -contestó San Luis con disimulada turbación. Los dos jóvenes permanecieron silenciosos algunos instantes, hasta que Rafael rompió el silencio hablando de asuntos indiferentes y muy distintos del que les acababa de ocupar.
Al salir de la clase, San Luis convidó a almorzar a Martín, y se dirigieron a un hotel de pobre apariencia, como lo había calificado el primero.
Una botella estableció más franqueza en la conversación de los dos jóvenes.
-Aquí no comerá usted con el hijo de don Dámaso -dijo Rafael-, pero sí con más libertad.
-¿Ha visitado usted su casa? -preguntó Rivas, a quien había picado la curiosidad y turbación de su nuevo amigo al hablar de su protector.
-Sí; en mejores tiempos contestó este-.
¿Y su hija? -Oh, está lindísima -dijo Martín con entusiasmo. -¡Cuidado: esa respuesta revela una admiración que puede a usted serle fatal -observó San Luis, poniéndose serio.
-¿Por qué? -preguntó Rivas. -Porque lo peor que puede suceder a un joven pobre como usted es el enamorarse de una niña rica. Adiós estudios, porvenir, esperanzas exclamó San Luis, empinando con febril entusiasmo un vaso de vino-.
Usted me pidió consejos ayer; pues bien, ahí tiene usted uno, y es de los más cuerdos. El amor, para un joven estudiante, debe ser como la manzana del paraíso: fruto vedado. Si usted quiere ser algo, Martín, y le digo esto porque usted parece dotado de la noble ambición que forma los hombres distinguidos, rodee su corazón de una capa de indiferencia tan impenetrable como una roca.
-No pienso enamorarme -contestó Martín-, y tengo para ello muy poderosas razones: entre ellas, la que usted acaba de apuntar. San Luis cambió entonces de conversación y habló sobre tan distintas materias y con tal verbosidad, que parecía tener empeño en hacer olvidar a Martín las primeras palabras que había dicho aconsejándole.
En casa de don Dámaso habló Martín de su nuevo amigo, a quien Agustín había nombrado. -Ese mocito es muy intrigante dijo don Dámaso, y busca niña con buena dote. -Pero, papá -replicó Leonor-, es necesario no ser injusto; yo tengo mejor idea de San Luis. -Es un parvenido -dijo Agustín-, papá tiene razón. A la época donde estamos, todos quieren plata.
-Y hacen bien, cuando hay pobres que la merecen más que muchos ricos exclamó Leonor.
Estas pocas palabras arrojaron la duda en el espíritu de Rivas.
La energía con que Leonor defendía a Rafael de los ataques de su padre y de su hermano, y las palabras de su amigo sobre el amor, hicieron brillar de repente cierta luz a sus ojos, que hirió su corazón con un malestar desconocido.
No podía pensar sino que San Luis había amado a Leonor y que su pasión había sido condenada por don Dámaso. Semejante descubrimiento le desazonó como si acabase de recibir alguna triste noticia, y se entregó al trabajo sin explicarse el descontento que le hacía mirar el porvenir bajo un prisma sombrío.
Cuando hubo despachado la correspondencia de don Dámaso, su pensamiento, después de dar mil vueltas a la misma idea, no había llegado más que a esta conclusión, que le llenaba de desconsuelo: "No hay duda de que se han amado, y puesto que Leonor le defiende, debe amarle todavía".

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