martes, 10 de junio de 2025

MENTES FRÍAS AL SERVICIO DE CORAZONES ARDIENTES

Durante el siglo pasado, la economía dejó de ser una diminuta bellota para convertirse en un majestuoso roble. Bajo sus ramas en crecimiento se encuentran explicaciones de las ganancias del comercio internacional, consejos sobre cómo reducir el desempleo y la inflación, fórmulas para invertir fondos de pensión e, incluso, propuestas para vender derechos para contaminar.

En todo el mundo, los economistas trabajan para coleccionar datos y mejorar nuestro entendimiento de las tendencias económicas.

 Cabría muy bien preguntarse cuál es el objetivo de este ejército de economistas que miden, analizan y realizan cálculos. 

El objetivo final de la ciencia económica es mejorar las condiciones de vida cotidiana de las personas. 

Aumentar el producto interno bruto no es sólo un juego de cifras. Mayores ingresos significan buena comida, hogares cálidos y agua caliente.

 También implican contar con agua potable y con vacunas contra las plagas perennes de la humanidad. Mayores ingresos producen más que alimento y abrigo. Los países con altos ingresos tienen los recursos para construir escuelas donde los jóvenes puedan aprender a leer y a desarrollar las habilidades necesarias para utilizar la maquinaria moderna y las computadoras. 

A medida que los ingresos aumentan, los países pueden financiar investigaciones científicas para determinar técnicas agrícolas adecuadas para su clima y suelo o para desarrollar vacunas contra enfermedades locales. 

Cuando se liberan recursos debido al crecimiento económico, la gente tiene tiempo libre para realizar actividades artísticas, como la poesía y la música, y la población tiene tiempo libre para leer, escuchar e interpretar obras de arte.
 Aunque no existe un patrón único para el desarrollo económico, y las culturas son diferentes alrededores del mundo, la eliminación del hambre y la enfermedad, y el control de los elementos naturales es una meta universal del ser humano. 

 Sin embargo, siglos de historia de la humanidad han demostrado que tener el corazón ardiente no basta para nutrir a los hambrientos o para curar a los enfermos. 

Un mercado libre y eficiente no necesariamente producirá una distribución del ingreso que sea socialmente aceptable. Para determinar cuál es el mejor camino hacia el progreso económico o hacia una distribución equitativa del producto de la sociedad se necesita tener una mente fría para poder sopesar objetivamente los costes y los beneficios de los distintos planteamientos, y mantener, dentro de lo humanamente posible, el análisis libre de aspectos idealistas. 

En ocasiones, el progreso económico requerirá cerrar una fábrica obsoleta. A veces, como cuando los países socialistas recientemente adoptaron los principios de mercado, la situación económica empeora antes de mejorar. 

Las elecciones se dificultan especialmente en el campo de la atención de la salud, donde los recursos limitados literalmente significan vida o muerte. Probablemente usted haya escuchado la máxima que dice: “A cada quien, según su capacidad, a cada quien según su necesidad”. 

Los gobiernos han aprendido que ninguna sociedad puede operar basada solamente en este principio utópico. Para conservar una economía saludable, los gobiernos deben mantener incentivos para que la gente trabaje y ahorre. 

La sociedad puede mantener a los desempleados durante un tiempo, pero cuando el seguro de desempleo cubre demasiado durante mucho tiempo, las personas dependerán del Estado y dejarán de buscar trabajo. 

Si comienzan a pensar que éste debe mantenerlos, se afectará su carácter emprende dor. El hecho de que los programas del Estado se deriven de objetivos nobles no significa que deben seguirse descuidadamente y sin eficiencia.

 La sociedad debe encontrar el equilibrio adecuado entre la disciplina del mercado y la compasión por los programas sociales del Estado. Si nuestras mentes permanecen frías para informar a nuestros corazones ardientes, la ciencia económica puede hacer lo que le corresponde para garantizar una sociedad próspera y justa.



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